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EL HIJO DE PUSKAS, cap. 6: Mil bombarderos por minuto


A LOS catorce años me levantaron el veto de la minoría de edad y comencé a participar en las conversaciones de alta política de los mayores. La primera prueba llegó en la comida que se celebraba en las fiestas patronales de San Miguel. A la hora del postre y el café, se debatió sobre quién ganaría una guerra entre americanos y rusos. La discusión era un clásico de todos los años. La comenzaba mi tío Txomin, el americanófilo:

—El americano está preparado. En cuanto llegue la guerra, el americano cierra las empresas, las escuelas y hasta suspende el campeonato de béisbol. ¡Todos a fabricar bombas! ¡Látigo! Lo mismo los niños que las mujeres. ¡Bombas a punta pala! ¡Doscientos cincuenta millones de personas trabajando de lunes a domingo en dos turnos de doce horas! ¡Mil bombarderos por minuto!
—Muchos bombarderos por minuto me parecen —le contestaba Dámaso, el rusófilo—. Que tengan cuidado con tantos bombarderos, porque no van a caber en el cielo.
—¡Se ancha el cielo si es necesario! —se sulfuraba Txomin—. El americano no se para. ¿Hacen falta un millón de fusiles para el jueves? Se hacen un millón de fusiles para el jueves. ¿Hacen falta cien mil carros de combate? Ahí tienes tus cien mil carros de combate. Sin fallo. Tecnología californiana. En un día.

Yo esperaba mi oportunidad. Me había preparado para esa fecha como para un examen, aunque debía esperar a las intervenciones de los mayores. Ahora era el turno de mi tío Dámaso, el prorruso. Dámaso comenzó recordándonos la bañera a treinta grados bajo cero en la que metían, nada más nacer, a todos los bebés rusos. Luego entró en detalles:

—El ruso se ríe de las bombas. Según se ve, esto está demostrado, el ruso puede caminar sesenta kilómetros al día sin comer nada. Nada. Ni un poco de chorizo. El ruso está enseñado. No siente el dolor. Y tienen a Siberia…

Aquí, en el momento en que citó “Siberia”, Dámaso recurrió a uno de sus trucos de orador: se levantó, fue hasta la puerta, se aseguró de que estuviera bien cerrada, y luego, al volver a sentarse, bajó la voz hasta extremos casi inaudibles:

—Nadie sabe lo que hay en Siberia. Nadie. Ni el mismo ruso lo sabe. No hay mapas. Según tengo entendido, allí no puedes alejarte un metro de tu casa. Algunos rusos han salido en busca de un poco de leña y no han vuelto más. Nunca se encontraron sus cadáveres. Esto es cierto. El americano puede llegar a Moscú, pero en cuanto llegue a Siberia…, ¡mecagüen sos! ¡Adiós John Wayne! ¡El fin de América!

Y dibujaba un panorama catastrófico, donde los bombarderos americanos avanzaban triunfales por territorio ruso hasta que alcanzaban Siberia. Allí empezaban a fallar las comunicaciones por radio y los pilotos, enloquecidos, se precipitaban contra el suelo o acababan disparándose entre ellos hasta hacer, como él decía, “mermelada de americanos”. Pero entonces mi tía Águeda dijo:

—A mí me gustaría saber qué opina Alberto sobre esto.

Era mi momento. Me sentía como en la primera comunión. Todos me escuchaban con esa sonrisa condescendiente que ponen los mayores con los que se estrenan. Venía precedido por mis ristras de sobresalientes en la EGB y por una fama de niño mágico que ya leía los editoriales de los diarios con sólo nueve años. Pero había que demostrarlo. Hablé:

—Para empezar, entiendo que la guerra se desarrollaría de acuerdo a la Convención de Ginebra y se efectuaría con armamento convencional, porque, en caso de guerra nuclear, tanto los estadounidenses como los soviéticos poseen arsenal suficiente para destruir varias veces el planeta. En una hipótesis atómica no ganaría ninguno de los dos, sino que vencería la muerte y desaparecería la humanidad. Partiendo de que la guerra se desarrollaría con armamento convencional, la Unión Soviética dispone de mayor arsenal bélico, mayor número de aviones de guerra y superioridad espacial; los Estados Unidos, en cambio, disponen de superioridad marina y tecnológica. El ejército de la Unión Soviética está formado por cinco millones de soldados frente al millón y medio de los Estados Unidos, pero estos están mejor equipados y entrenados. También habría que considerar las alianzas: los Estados Unidos contarían con la OTAN, la mayor organización militar del mundo, muy superior a los países que conforman el Pacto de Varsovia, pero no hay que olvidar que países con la importancia geoestratégica de China, Cuba, Nicaragua o los que integran la Liga Árabe actuarían en favor de los intereses soviéticos. Se debe tener en cuenta también lo difícil que sería para los dos países la ocupación del territorio enemigo: los Estados Unidos jamás han sufrido la presencia de tropas extranjeras desde que lograron la independencia, salvo una estadía coyuntural del ejército francés en el siglo XIX, y tuvieron el acierto de comprar Alaska a los zares hace un siglo, territorio que les protege de una posible incursión por el Estrecho de Bering. Los soviéticos, por su parte, poseen un territorio inabarcable, casi diez veces mayor que el de su enemigo, y cuentan con el general invierno, factor contra el que se estrellaron Napoleón, Carlos XII o Hitler. La guerra, en definitiva, sería larga, costosa y, ganara quien la ganara, sólo traería el debilitamiento de los dos países en favor de Japón, Alemania o China, que se postularían como las nuevas superpotencias.

Me callé. Todos me miraban de hito en hito. En sus miradas comprobé el impacto tremendo que había causado. Nadie hablaba. Sólo mi primo Aitor se atrevió a decir una palabra, una sola:

—Ostras.

De pronto se armó el gran revuelo. Mis tías comenzaron a felicitarme. Ya me veían de conferenciante, de estadista, de capitán del mundo. Al otro lado, mi tío Txomin y mi tío Dámaso no decían nada. Estaban avergonzados, humillados. Sólo al final, no pudiendo resistir mi victoria, el tío Txomin dijo:

—Si hubiera tenido las oportunidades de este chico, quién sabe qué personalidad no habría sido yo. Un Churchill, por lo menos. Un Kissinger.

La modernidad caía a plomo sobre ellos. Y la modernidad era yo. Todos los saberes mechados de costumbre y superstición iban a ser aniquilados por mis sucesivas intervenciones en los cafés de aquellas fiestas. La Lauros mágica, el producto de cien generaciones de campesinos, iba a ser aplastada por mis libros de Anaya, Edelvives o el pequeño Larousse que me había comprado por mi cuenta.

Qué feliz era entonces. Me veía como la superación de aquel mundo en derrota. Me creía Dios por dármelas de sabiondo entre aquellos aldeanos que sólo habían ido unos pocos años a la escuela.

Qué tarde aprendí que el único saber posible debe ser creativo.

Qué tarde descubrí que mi única posibilidad de resistencia a la uniformación era la recuperación de mi Lauros mítica. Que mi única posibilidad de ser auténtico pasa por rescatar los mecanismos creadores de aquellos seres geniales.

Qué iba a saber yo entonces.


EL HIJO DE PUSKAS, cap. 5: El niño que cogía las abejas con la mano


LOS COMPORTAMIENTOS de mi padre y aquellos aldeanos geniales no respetaban las reglas de la verosimilitud y tampoco lo hacía yo, qué le voy a hacer. De esta anormalidad me pude dar cuenta por primera vez a los seis años, cuando comencé a estudiar en el colegio Amor Misericordioso de Larrondo.

–Oye, chaval, ¿tú eres el de las abejas?
–Sí.
–¿Por qué no coges una?
–Vale.

Mi primer año en la escuela transcurrió con normalidad durante los seis primeros meses, con las habituales timideces y lloriqueos de los estrenos, pero al llegar la primavera fui trastornado por una noticia que comenzó a circular de aula en aula, una noticia sensacional: existía un niño en primero de EGB que cogía las abejas con la mano. El niño era yo.

–Te lo juro, Susana, las coge con la mano.
–Cállate.
–Ya verás. En el recreo le digo que coja una. Flipante.

La novedad se extendió con rapidez y dio lugar a muchas especulaciones. Unos decían que las abejas no me picaban porque yo tenía olor a vaca; otros me acusaban de tramposo; otros pensaban que estaba loco; otros sostenían que lo mío sólo era una racha de suerte. El episodio llegó a oídos del profe Goyo, que daba clases en octavo de EGB y era experto en química. Goyo nos solía hacer demostraciones de magia o se llenaba la lengua con la ceniza del cigarro en cada reunión anual del Día de la Familia. Aquel profesor me vio varias veces, examinó mi procedimiento y sentenció:

–No es magia, es valor y técnica. Las abejas no le van a picar nunca, no pueden.

Mi procedimiento consistía en aprovechar el medio segundo que transcurre desde que la abeja se posa en la flor y comienza a extraerle el jugo. En ese instante crítico, actuando lo más rápido posible con mis dedos índice y pulgar, asía a la abeja por las costillas, de forma que mis dedos quedaban a salvo tanto de su boca como de su aguijón. Comoquiera que además apretaba un poco, la abeja se quedaba sin aire y se sumergía en una suerte de anestesia. Cuando, al de quince o veinte segundos, después de enseñar mano en alto la abeja a la concurrencia, la volvía a soltar, el pobre insecto tampoco tenía la ocasión de vengarse, porque caía al suelo desmayado y no se despertaba hasta medio minuto más tarde. El único problema de esta técnica de cazar abejas con la mano es que a veces apretaba demasiado con los dos dedos y mataba a la abeja, pero cuando ocurría eso tampoco sentía muchos remordimientos porque, como decía mi tío a propósito de los rusos, hay abejas a punta pala y, una más o menos en el mundo, allá cuidados.

Esta técnica la empleaba también con las de mi caserío, pero los aldeanos de Lauros nunca se mostraron impresionados por mis capturas, sino que me ignoraban o se limitaban a decirme que dejara en paz a las pobres abejas. En el colegio, sin embargo, descubrí que los demás lo consideraban una hazaña. Todos los alumnos, que procedían de zonas no rurales como Sondika y Derio, alucinaban conmigo y me convirtieron en una sola semana en el chico más popular de primero de EGB, el único por el que se mostraban interesados los mayores. Los alumnos de sexto, séptimo y octavo nos trataban con mucho asco a los más pequeños, pero conmigo hacían una excepción.

–Sonia, ven. Quiero que veas lo que sabe hacer este canijo.

Mi éxito popular fue enorme y, como sucede en estos casos, dio lugar al nacimiento de los envidiosos y los imitadores. Hubo quien intentó aprender mi técnica, pero como lo intentaba con precipitación y sólo por impresionar a las chicas, fracasaba fácilmente y era picado por las abejas. Fue entonces cuando la travesura se salió de su cauce. Las monjas del colegio entendieron que el culpable de aquellas picaduras era yo y me llamaron al despacho; aquella fue la primera vez.

–Alberto –me dijo la hermana Sagrario–, que sea la última vez que te veo cogiendo abejas. Por tu culpa han picado a tres chicos.
–¿Qué culpa tengo yo? –repuse.
–¡Claro que es culpa tuya! –replicó–. ¡A nadie de este colegio se le ha ocurrido nunca coger abejas con la mano hasta que tú has llegado! Te recuerdo que las abejas son criaturas del Señor, iguales que tú: ¿te gustaría que te hicieran a ti lo que tú haces con ellas?

El problema se complicó en las tutorías de esa evaluación, la tercera, pues la profesora Edurne se lo contó a mi madre y mi madre me dio tres bofetones que, si los hubiera recibido ahora, con treinta y seis años, ni los habría sentido, pero hay que ver el daño que hacen cuando eres pequeño. En las fiestas de San Miguel la famosa caza de abejas también fue la comidilla obligatoria:

–Piedad –preguntó la tía Maritere–, ¿qué tal Alberto? ¿No ha comenzado en Larrondo este año?
–Calla, calla, Maritere –respondió mi madre–. Si te cuento, te echas a reír.
–¿Qué ha pasado?
–¡Pues no te mata que el tonto se dedica en los recreos a cazar abejas con la mano, como si estuviera viviendo aquí, en el caserío!

La gente rompía a reír y mi madre, crecida, viendo que la historia triunfaba, seguía:

–Según me ha dicho la tutora, el insustancial sale en el recreo a las dos campas que hay en el patio y lleva detrás a una tropa de doce o quince críos de todos los cursos que van mirando cómo coge las abejas. ¡El payaso de feria, vamos! ¡Tonto rematado!

La tempestad del primer año pasó y mi popularidad decayó un poco, porque lo extravagante que se repite acaba neutralizándose, pero cada vez que llegaba la primavera, sobre todo las dos primeras semanas, volvía a ser el centro de las miradas. Todavía continué cazando abejas dos o tres años, pensando que lo hacía de forma clandestina, pero en cuarto de EGB me llamó al despacho la hermana Irene, que no era cualquier monja. Irene era la superiora y me recibió con cara muy solemne.

–Alberto –me dijo–. Ya nos hemos cansado. A partir de ahora, puedes cazar las abejas que quieras. Tú sabrás lo que haces. Sólo deseo hacerte una pregunta para que la pienses esta noche en la almohada: ¿qué quieres ser en la vida, un hombre de provecho o un cazador de abejas?

Aquella pregunta me afectó mucho. Nunca, en la sala de profesores, me había hablado nadie así, dejándome la respuesta a mi entera libertad. Entonces yo no era tan inteligente como para saber que aquella monja había empleado conmigo un truco de gran comunicadora, de modo que aquella noche reflexioné y llegué a la conclusión de que la caza de abejas con la mano era poca cosa, por mucho que impactara tanto a las chicas de séptimo y octavo y me hiciera tan popular. No, me juré, yo no iba a ser cazador manual de abejas: lo que yo iba a ser de mayor era futbolista, ciclista o boxeador.

Ya no cogí más abejas con la mano. Tampoco me convertí en un hombre de provecho. Todavía, con veinte y veinticinco años, había gente que me recordaba aquel episodio en Sondika o en Derio. Hace unos diez años, incluso, gané una cena a un pelotari de Plentzia que no se la creía. Después de diecisiete años sin coger abejas, tuve que hacerle una demostración en la que pasé un miedo terrible, porque ya no era aquel niño que las cogía con naturalidad. Aquel niño nunca fallaba porque nunca se le pasó por la cabeza la posibilidad del error.

Luego, muchos años más tarde, al recordar esta historia, he pensado que es mucho más importante para mí de lo que parece a primera vista. Quizá me marcó. Fueron las abejas las que me convirtieron en el más popular de mi clase, las que fundaron en mí la necesidad de que los demás me miraran. También fui popular en el instituto, ya sin abejas, y luego en la universidad, y luego en los frontones. No sé. Como si de las abejas de los seis años a mis poemas o pintadas de los cuarenta no hubiera ni un solo centímetro, sino la misma búsqueda de los ojos grandes de las chicas de séptimo y octavo de EGB, aquellas chicas que ya tenían tetas y todo, que me seguían y me miraban a mí. A mí, joder, a mí. El niño que cogía las abejas con la mano.



EL HIJO DE PUSKAS, cap. 4: Imposible subir a la luna en creciente


HIGINIO ERA un aldeano feo y sesentón que vivía en el caserío Echebarri, un hombre silvestre con barba de cinco días, camiseta de tirantes y un ejemplar amarillo de El Correo Español en las manos. Siempre vestía de color sucio. Cuando cogió confianza conmigo ya no le importaba echarse un pedo detrás de otro:

–¡Ñoc! –decía–, ahí van las alubias, Basterrechea. Tolosanas, creo. Respira rápido, que el olor se acaba antes.

No tenía coche ni carnet de conducir. Nunca salió de Lauros, salvo cuando fue a Ceuta a cumplir el servicio militar. La mili fue lo único que le pasó en la vida:

–Cuando hice la mili –me contaba–, una cerveza valía dos o tres pesetas. ¿Cuánto cuesta una cerveza ahora? ¿Igual ocho o nueve pesetas, no?
–También cinco duros –le decía yo.

Era lector fervoroso de los titulares de periódicos atrasados, periódicos que le traían a menudo los cazadores: guardaba ejemplares del Deia, del Egin, de El Correo Español y hasta algún Gaurko Express, un diario que duró muy poco.

–Esta Margaret Thatcher –me solía decir mientras se acariciaba la barbilla–, ¿será cierto que es mujer? 
–Claro, Higinio.
–¿Estás seguro?
–Seguro, joder.
–No sé, no sé… ¡Porque tiene unos cojones! ¡Mecagüen sos!

Nunca se le conoció ninguna novia. Con los años se puso tristón, seguramente por estar solo. Con la religión mantenía una relación extraña: aunque era creyente en dios, consideraba que Jesucristo era tan solo un hombre y no de los mejores. Pensaba también que las personas que se ordenaban como sacerdotes lo hacían con el objetivo de ligar más con las mujeres y, en ese sentido, me solía hablar de "los miles de huesos" que se habían hallado en el seminario de Derio, procedentes según él de los abortos de mujeres que se habían quedado embarazadas por curas.

–Los curas –me decía– siempre están pensando en meter pito.

Los asuntos teológicos le apasionaban tanto que comenzó a recibir a los testigos de Jehová, que venían desde Bilbao. Cuando pasaban los testigos de Jehová por Lauros, solo Higinio salía a recibirles. La charla entre ellos fue bien durante tres o cuatro meses, hasta que un día sucedió lo inevitable.

–¡Jesucristo era un hijoputa! –empezó a vociferar Higinio–. ¡Judas sí que era un gran hombre!

Los testigos de Jehová echaron a correr camino de Palatarte y no dejaron de correr ya, porque no hubo más noticia de ellos. Para nosotros fue un alivio, pero Higinio se puso más triste que nunca:

–¿Por qué ya no vienen los testigos de Jehová?
–Joder, Higinio, con la que montaste hace un año, cómo van a volver.
–Bah, por unas palabras... La gente de Bilbao es que no tiene aguante.

Cuando llegaron los años setenta y ochenta, la mayoría de los aldeanos de Lauros se vio superada por la modernidad y la falta de instrucción, e Higinio fue el más perjudicado. Invitado a una boda tras años sin salir de Lauros, y pidiéndole que subiera en ascensor al lugar del convite, sucedió que se quedó más de media hora en el rellano de abajo, mirando fijamente al ascensor. En todo ese tiempo no se le ocurrió que debía pulsar los botones para abrir las puertas.

–Bego solo me dijo que cogiera el ascensor –se justificaba después–. No me habló nada de botones.

En otros asuntos era aún más divertido. En el momento en que mi padre comenzó a propagar con éxito que la llegada del hombre a la luna era propaganda de los americanos, Higinio comenzó a darle cobertura científica:

–Basterrechea, ahí le doy la razón a tu padre. Que el hombre no subió a la luna te lo demuestro matemáticamente.
–Claro que subió, Higinio.
–Falso. Recuerdo como si fuera hoy que aquel día la luna estaba en creciente… ¿Cómo van a subir en creciente? ¡Imposible matemáticamente!
–¿Por qué es imposible si está en creciente?
–Mira qué pregunta. ¡Porque los astronautas se resbalan! ¡Eso es matemático!

Higinio aún vivía cuando yo me vine a Madrid. Nunca logré convencerle de que las diferentes fases de la luna dependen de su posición con respecto al sol y a la Tierra. Tampoco logré convencerle del fenómeno del doblaje. Lo del doblaje surgió el día en que la ETB1 comenzó a emitir en euskera capítulos de Roseanne, serie que a su vez estaba emitiendo TVE2 en castellano. Fue cuando Higinio me dijo:

–Los actores de Dallas, Falcon Crest o La ley de Los Ángeles no valen ni para tomar por culo comparados con los de Roseanne. Ahí los tienes: los de Roseanne saben perfectamente tanto el euskera como el castellano.
–Que no, Higinio. No creo que los de Roseanne sepan castellano, mucho menos euskera. Lo que te garantizo es que saben inglés.
–Ya empiezas, Basterrechea. Como con la luna. Cuánto te gusta joder.

No había manera. Con el tiempo, además, me he dado cuenta de que tenía bastante razón, porque todas sus explicaciones eran sencillas y lógicas, mientras que las mías tan abstrusas e inverosímiles que ríete de las que daban los testigos de Jehová. ¿Cómo creerse que la parte de luna visible se debe a la luz del sol que vemos reflejada sobre ella dependiendo de puntuales posiciones de la tierra, el sol y la propia luna? ¿Cómo creerse que la voz de John Wayne no es la de John Wayne, sino la de, pongamos, un canijo cobarde de Móstoles que, convocado en un estudio, la hace coincidir perfectamente con los movimientos de su boca? ¿Cómo creerse que la voz de Angelina Jolie puede pertenecer a una mujer cien veces más fea y más gorda y más baja y más vieja? Aún recuerdo lo poco satisfecho que le dejaban a Higinio mis explicaciones, y cómo me repetía, a partir de que yo le hiciera las primeras objeciones, la misma cantinela:

–Cómo te han jodido en la escuela, Basterrechea. Cómo te han jodido. Pensaba que eras la esperanza de Lauros, pero te vas a quedar en nada.


EL HIJO DE PUSKAS, cap. 3: Treinta grados bajo cero


EL REY y ETA estaban unidos, los herribatecos y los peneuvistas eran lo mismo, Fraga y Felipe lo mismo: aquellos aldeanos no tenían duda de que el poder político era una mera coraza al servicio de las alimañas empresariales de Neguri. Se comprende que al llegar el 29 de septiembre, fecha de San Miguel, fiestas patronales de Lauros, con toda la familia reunida en número de hasta veinticinco en mi caserío Astobieta, nunca se discutiera a la hora de los postres sobre política vasca o nacional, porque no hace falta discutir donde todos están de acuerdo. Pero otra cosa muy diferente era la política internacional. En política internacional se sostenían discusiones apasionadas con argumentos diversos y hasta golpes en la mesa. Se hablaba de la Thatcher y de Fidel Castro, del hambre de África y de los japoneses, pero el asunto estrella era la rivalidad entre estadounidenses y soviéticos, esto es: los americanos y los rusos.

–El americano –se escuchaba– es cosa grande. Este caserío, por ejemplo, con su hectárea y pico de terreno y su docena de vacas, es un caserío elegante, no digo que no, pero…, ¿qué es para un americano? El americano viene aquí y se echa a reír.

El que hablaba así era mi tío Txomin, que se fue a América en los años sesenta y había vuelto hipnotizado, al punto de que nadie entendía su regreso. Mi tío no trabajó en USA sino en Canadá, pero consideraba que la cercanía le daba derecho a hablar a todas horas de Kissinger, Nixon o Kennedy, a los que tenía por superhombres a cuyo lado políticos como Arzalluz o Alfonso Guerra le parecían “mamarrachos”. Para mi tío Euskadi era una caja de cerillas y España un botijo con faralaes: discutir sobre si éramos vascos o también españoles le parecía hacer el ridículo. Lo único digno era ser americano.

–El americano –continuaba–, si quiere poner una vaquería, compra cinco mil vacas. Menos no compra. Si quiere dedicarse a la siembra de la patata, compra un terreno de aquí a Guernica, porque con Lauros no tiene ni para empezar. En América hay patatales más grandes que toda Vizcaya.
–¿Toda Vizcaya? –se asombraba alguno de mis primos que, como yo, nunca habían salido del Txorierri. 
 –Más grande. Si vas por California en coche y con el depósito lleno, te juego una cena a que se te acaba la gasolina antes que el campo de patatas. Aquello es la órdiga. Ni una casa, ni una pensión, ni un alma. Sólo patatas. Kilómetros y kilómetros de patatas. Un aldeano americano, él solo, cosecha tantas patatas como para alimentar Bilbao y Baracaldo durante un año.

Aquellas comparaciones numéricas provocaban nuevas controversias, pues todos comenzaban a discutir el número de kilómetros que se pueden hacer en coche con el depósito lleno, o el número de patatas que comen los bilbaínos y los baracaldeses en un año. Algunos hasta pedían papel y bolígrafo para hacer las cuentas exactas. Eran sorprendentes los conocimientos de mi tío Txomin sobre California, él que había trabajado en Canadá. Solía ser por entonces, a esa altura de conversación internacional, cuando surgía una voz entre solemne y avisadora:

–Mucho cuidado con el ruso.

Quien hablaba ahora era la otra cara del folio, el rusófilo de la familia, mi tío Dámaso. Aquel tío no había salido nunca de Lauros, pero poseía una oratoria instintiva y eficacísima que le daba un gran ascendiente en las polémicas sobre alta política. El tío Dámaso alternaba ritmos lentos y silencios prolongados con mímicas varias, frases frenéticas y puñetazos en la mesa. Nadie sabía por qué se había hecho rusófilo.

–Al ruso –comenzaba–, según tengo entendido, nada más nacer lo tiran a una bañera de agua… ¡a treinta grados bajo cero! Y mientras decía eso, con los brazos en alto, fingía que soltaba un niño desde una altura por encima de su cabeza, de tal forma que yo no sabía qué era más peligroso para el bebé ruso, si el agua a treinta grados bajo cero o el castañazo que se iba a pegar si lo dejaban caer desde tan alto.
–¿Treinta grados bajo cero? ¿Un bebé? ¿Y no se mueren? –se atrevía a decir alguna de mis tías.
–¡Claro que se mueren! –contestaba mi tío como una galerna–. ¡Se mueren a punta pala! Pero un ruso menos…, ¡allá cuidaos! ¡Hay rusos a patadas! Sostenía mi tío que los rusos que superaban la prueba de la bañera se convertían en hombres inmunes a todo tipo de peligros, radiaciones atómicas incluidas. Esto último siguió repitiéndolo como cosa sabida hasta el accidente nuclear de Chernòbil; a partir de ahí reculó un poco. Tenía una visión muy particular de la Segunda Guerra Mundial:

–Hitler pensaba llegar a Moscú en diez días, pero no conocía al ruso… A la hora de la verdad…, ¡adiós Hitler! ¡Cada soldado alemán tenía cinco rusos metidos dentro del zapato! ¡Mecagüen sos! ¡Cinco rusos en cada zapato!

Y al decir esto se miraba en el zapato y movía el pie como si lo tuviera lleno de escorpiones, con tal apariencia de veracidad que todos los que ocupaban la mesa contenían la respiración y yo mismo sentía cosquilleos desagradables en mis playeras, repletas de rusos feroces por obra de aquel contador magnífico.

Tenía entonces cinco o seis años y no se me permitía abrir la boca en las conversaciones políticas de los mayores, prohibición que no me levantaron hasta los catorce. Ahora que lo escribo me río mucho, pero a esa edad aquellas polémicas me dejaban verdaderos surcos en la cabeza. Recuerdo una pesadilla que se me repetía por entonces. Me hallaba en medio de un inmenso campo de patatas. No de trigo o de cebada o de maíz, no: de patatas. Caminaba y caminaba buscando una salida, pero se iban sucediendo los días y los meses y nunca conseguía salir. Mi angustia iba creciendo tanto que, al final, me echaba en el suelo y me ponía a llorar, porque entendía que la salida era imposible: me figuraba que el planeta Tierra al completo era un campo de patatas.

Recuerdo otra. Yo era campeón mundial de boxeo. Había retenido el título infinidad de veces. Los negros más grandes y más fuertes habían probado la dureza de mis puños. Me encontraba en el ring, y mi rival era un fideo escuchimizado con el que no tenía ni para empezar. De pronto, sin embargo, el presentador anunció que mi contendiente, Igor Gudianov, había nacido en San Petersburgo, momento en que se me mudaba el semblante y salía huyendo del ring. No se me apartaba de la cabeza, mientras corría muerto de miedo, la maldita bañera de los treinta grados bajo cero por la que habían pasado todos los rusos. Aquella prueba infernal que, según me detalló mi tío Dámaso en una confidencia, “sólo superaba uno de cada tres niños”.

EL HIJO DE PUSKAS, cap. 2: La Guerra de las Malvinas


NO SE perdían un solo telediario, al que seguían llamando parte, y al contarme las noticias más sensacionales nunca se olvidaban de referirme el presentador que las había pronunciado, Basterrechea, no sé si te has enterado, los Juegos Olímpicos serán en Barcelona, lo ha dicho Olga Viza, Prosinečki ficha por el Madrid, lo ha dicho Pedro Piqueras, ya hay tres millones de parados, lo ha dicho Elena Sánchez, no les dará vergüenza, etc. También leían muchos periódicos sin fijarse en la fecha: los aldeanos que yo conocí en Lauros daban el mismo valor al periódico de hoy que al de ayer. Era normal encontrárselos sentados en un taburete, a la sombra del portal, leyendo con dificultad un diario de tres meses antes. 

 –Pero hombre, Jesusín, qué haces leyendo un DEIA del año pasado.
–Qué más da. Todos dicen lo mismo.

En el caserío Etxebarri había ejemplares de La Gaceta del Norte una década después de que ese diario cerrara, y yo mismo pude leer, en ejemplares amarilleados de El Correo Español, todas las operaciones militares de la Guerra de las Malvinas, jornada a jornada, ocho o nueve años después de los sucesos. Los aldeanos leían sólo los titulares, claro, o recurrían a mí para que les leyera algunos editoriales o asuntos de calado, porque la mayoría de ellos no estaban completamente alfabetizados y manejaban un vocabulario de muy pocas palabras.

–A ver, Astobieta, tú que tienes estudios, ven aquí.
–Ya estoy.
–¿Qué significa “replicó”?
–¿Replicó? Como “contestó”.
–¡La órdiga! ¿Y por qué no ponen “contestó”? Estos periodistas..., bah. Sólo saben enredar.

A pesar de este fervor, ninguno de aquellos aldeanos, tampoco mi padre, consideraban las versiones de la prensa o de los telediarios más que como majaderías o comedias fantásticas. Consumían prensa y televisión para estar al tanto de las mentiras del mundo y hacerse una idea proyectada de la verdad, pero tenían a los periodistas como meros transmisores de lo que ellos llamaban “accionistas”. El poder, decía mi padre, no estaba en manos del rey ni del presidente ni de los ministros, sino en manos de los “accionistas”. Si el Athletic de Bilbao marchaba mal clasificado, por ejemplo, no se debía al entrenador ni a los jugadores ni a los rivales:

–Hacen falta accionistas. Gente de Neguri. Un De la Sota, por ejemplo. Que venga un De la Sota y verás qué rápido mejora el Athletic.

Los accionistas que se imaginaban mi padre y otros como mi padre eran seres todopoderosos que compraban los árbitros, pactaban los resultados y ordenaban a los jugadores marcar o fallar los penaltis. Mucho antes de “El show de Truman”, los aldeanos de Lauros que conocí daban por hecho que el mundo era eso: mano en la sombra, feria de títeres, Gran Hermano, pacto entre bambalinas, mentira. 

Tenían sus propias maneras de estar informados. Cuando sucedía algo importante, mi padre arrancaba su erre seis amarillo y se iba a Gatika, donde formaba una troika con otros dos aldeanos, o a Lezama, donde nutría un pentágono con otros locos como él. Las conclusiones a las que llegaban tras horas de debate superaban con mucho el realismo mágico. Recuerdo aquella huelga de transportistas que dejó vacíos los anaqueles de los supermercados; mi padre y su consejo senatorial lo tenían muy claro:

–La huelga la ha organizado Eroski.
–¿Eroski? ¿Qué tiene que ver el supermercado Eroski en esto?
–Está claro. La han organizado para vender los yogures atrasados, la verdura que tienen a punto de tirar, la carne, todo. Se están hinchando a ganar dinero.

Esta manera de razonar valía tanto para asuntos internacionales como para asuntos recoletos. Cuando volvieron los jabalíes a Lauros, por ejemplo, después de años ausentes, y destrozaron algunas cosechas, mi padre arrancó el coche, se reunió con su comité de sabios y volvió enseguida con otra explicación estupefaciente:

–Los franceses. Han sido los franceses.
–¿Franceses? ¿Qué franceses?
–Los franceses no nos pueden ni ver a los vascos. Vienen por la noche con helicópteros y lanzan desde el aire culebras, jabalíes, lukis, de todo. El francés. Menudo bicho el francés.

Yo le hacía notar a mi padre que la aparición inesperada de los jabalíes entraba dentro de lo normal, porque son animales que pueden recorrer más de cuarenta kilómetros en un solo día. O que la historia de sus sabios flojeaba desde el punto de vista logístico, pues no hay manera de lanzar jabalíes desde un helicóptero sin peligro de muerte para los animales:

–Coplas –me decía–, no tienes más que coplas. No sé que te enseñan en el instituto.

También creía a pies juntillas que el hombre no subió a la luna. Que Maradona triunfó mientras tuvo a los accionistas de su parte y se hundió en las drogas cuando éstos le abandonaron. Que el Rey y ETA eran amigos: el asesinato de Carrero Blanco era un favor que ETA le había hecho al Rey para que pudiera coronarse sin tutelas de nadie. Esta descacharrante teoría, aunque parezca mentira, era mayoritaria en los caseríos de Lauros.

–No digáis tonterías –les decía yo–. Hace nada ETA preparó un atentado contra el Rey en Mallorca. Hasta han salido fotos del Rey sacadas por los terroristas.
–Y eso..., –me preguntaban–, ¿cómo lo sabes?
–Joder.., –replicaba yo–, lo sabe todo el mundo. Ha salido en los periódicos, en los telediarios...
–¡Ja! –contestaban triunfales–. No nos digas más. Periodistas. Todo mentira. Todo lo tapan.

Así eran aquellos aldeanos increíbles. No podían sufrir la verdad oficial, la verdad que es mezquina y es pequeña y es mentira. Se reunían a la sombra de un castaño en conciliábulos de queso, chorizo y txakolí y se fabricaban su propia verdad, una verdad que también era mentira pero era asombrosa y grande y era propia. Todavía puedo oír el sonido de los vengativos helicópteros franceses lanzando jabalíes nocturnos en los maizales de Lauros. Puedo ver al Rey guiñando el ojo a Artapalo mientras le entrega un maletín colmado de millones. Puedo recordar la rabia que sentí aquella tarde, al ojear en Etxebarri ejemplares antiguos de El Correo Español, cuando supe por primera vez y con ocho años de retraso que los malditos ingleses habían ganado la Guerra de las Malvinas.

EL HIJO DE PUSKAS, cap. 1: La misión


NO RECUERDO la fecha exacta en que mi padre me habló por primera vez de la misión, quizá fuera un lunes o viernes de pelota o boxeo en la Euskal Telebista, o quizá un sábado de liga o un miércoles de partido europeo de Champions League, pero recuerdo muy bien la insistencia y solemnidad con que me lo repitió en los tres últimos años de su vida, cuando sintió que la muerte se acercaba a pesar de la opinión contraria que sostenía su médico de cabecera, Nicasio, antes me voy a morir yo, respiras como un búfalo, tú nos entierras a todos, etc. Cuando nos quedábamos solos viendo el fútbol o los combates de Boxeo Izarrak o los partidos de pelota a mano que duraban hasta la madrugada, a mi padre le bastaba la mínima calentura del alcohol para volverse a mí y comenzar con su habitual cantinela de lo importante que era para mi futuro evitar a los amigos. Su oposición a la amistad era uno de los pocos consejos que me repetía desde pequeño: para ser bueno y honrado, me recalcaba, no se puede tener amigos. Fue por aquellas fechas, comienzos de 2001, en aquellas charlas forjadoras y cruciales en que imitábamos a Ulises y a Telémaco, cuando dejó de lado sus diatribas contra la amistad y pronunció por primera vez la palabra que acabaría cambiando mi vida:

–Cuando yo muera, recuerda que tienes una misión.
–¿Qué misión?
–Una misión.
–¿Pero qué misión?
–Una misión.

Nunca me explicó el contenido ni los detalles de aquella misión. Durante los tres años siguientes, apenas bebía un vaso de vino o sorbía un poco del whisky que le gustaba echar en una tacita blanca de café, ponía los ojos duros y volvía con gravedad sobre la misión que estaba obligado a cumplir. Por más que le instaba a las precisiones, mi padre se callaba y fingía beber de la copa de whisky o, acorralado y hastiado ante mi insistencia, perdía los nervios y gritaba:

–¡Una misión! ¿No sabes lo que es una misión? ¡Qué cojones te han enseñado en la Universidad! ¡Una misión!

Todavía en el hospital de Cruces, pocos días antes de morir a causa del cáncer de pulmón que lo venía destruyendo desde años antes, mi padre me abundó sobre lo equivocado de tener amigos y volvió sobre la misión que debía desarrollar en Madrid, pues entonces ya le había confesado que deseaba venirme a la capital. Aquella fue la única vez que mi padre añadió algo nuevo:

–Yo no voy a salir de esta cama, pero recuerda que tienes una misión.
–Ya lo sé, aita.
–Y recuerda que en Madrid también manda el PNV.
–¿Cómo?
–En Madrid también manda el PNV. Acuérdate bien de eso.

Mi padre murió el 22 de enero de 2004 y a su muerte me comporté con la habitual frialdad que suelo mostrar en los momentos tristes o luctuosos, en los que nunca logro llorar y me comporto con asombrosa indiferencia ante las personas que aún consiguen hacerlo. Aquella misma noche, sin embargo, a la vuelta a casa, me ocurrió algo extraordinario que no me ha cesado de suceder hasta hoy: en lugar de sentarme en la cama como acostumbraba, me dio por sentarme en el suelo y me puse a escuchar durante horas el sonido de mi respiración. Es un sonido increíble, especial, muy distinto al que escuchaba antes de morir mi padre. Es una respiración extraña.

Es una respiración entrecortada, ansiosa, arrítmica.

Es una respiración como de alguna inminencia.

Es una respiración como de un hombre salido de sus quicios.

Es una respiración como si mi interior ocultara una verdad terrible que no consigo descifrar.

Con esa respiración alquilé una Fiat Iveco en la empresa National Atesa y partí un lunes de octubre hacia Madrid llevando mil euros en el bolsillo, sólo diez meses después de la muerte de mi padre. En el camino paré en el cementerio de Loiu, al que no había vuelto desde el entierro, y, comoquiera que estaba cerrado, salté la verja para llegar al nicho que estaba decorado con un ramo de rosas lacias. Allí estaba. Mi padre.

Nicasio Basterretxea Etxebarria (1936-2004)

Aquella fue la primera de las tres veces que he llorado en los últimos siete años, todas por mi padre, pero nunca lloré tanto y tan largo como en aquella ocasión, arrodillado en la grava del cementerio. Camino de Madrid seguía llorando ante la mirada estupefacta de mi perro Argi, el perro pastor vasco que me acompañaba en el asiento delantero y con el que viajaba solo. La noche anterior había discutido con Iratxe:

–¡Te he dicho que no te acompaño a Madrid! ¡Estás loco!
–Iratxe...
–¡Alberto! ¡La gente se muere! ¡Es ley de vida! ¡Los que se quedan sufren pero lo acaban superando! ¡Te has vuelto loco con la muerte de tu padre y no pienso ayudarte en tu locura!

El 18 de octubre de 2004 entré en Madrid por la autopista A-1 y me puse a vivir en el número 16 de la calle Mira el Sol, un piso de 17 metros cuadrados por el que pagaba 390 euros mensuales de alquiler. Nada más llegar me senté en el suelo y lo primero que hice fue escuchar de nuevo y con el mismo placer del principio el sonido brutal de mi respiración. Es una respiración inexplicable.

Es la respiración de alguien que tiene miedo y está orgulloso de tenerlo.

Es la respiración de alguien que se siente incapaz de nada y capaz de todo.

Es la respiración de un hombre en trance.

Es la respiración de alguien superado por los acontecimientos.

Es una respiración que me empuja a sacrificarme, que me llena de violencia y fantasía, que me dice: “Haz”, “Entrégate”, “No te rindas”, “Adelante”.

Iratxe cambió de opinión al de dos meses y se vino a Madrid para unirse a mis desquiciamientos, pero en los años siguientes comenzó a contemplar con tristeza que sus temores se iban cumpliendo y que yo había emprendido una operación de aniquilamiento del pasado. Cuando en 2008 me llegó la comunicación de que mi tío Hilario había muerto y me correspondían 9000 euros de herencia, no lo dudé: me trasladé con Iratxe a una notaría y rechacé no solo esa herencia, sino también las otras más grandes que me correspondían en el futuro. Me sentía obligado a cortar todos los lazos. A cerrarme todas las salidas. En la notaría, los impresos para rechazar herencias no aparecían y un empleado se creyó obligado a presentarnos excusas:

–Miren, a esta notaría viene mucha gente a reclamar herencias, pero que venga alguien a rechazarlas es algo que no nos había ocurrido desde hace año y medio.

A la hora en que comienzo a escribir estos recuerdos, Argi está muerto e Iratxe, después de aguantar mi cara de túnel con paciencia digna de encomio, acabó abandonándome después de diecisiete años. Tampoco tengo ni un solo amigo y no porque haya querido seguir a rajatabla los consejos de mi padre, sino porque tomarme en serio a una persona de ciudad es algo de lo que hasta ahora no he logrado persuadirme. Por otra parte, no sé nada de mi madre y mis hermanas, las cuales no conocen desde hace quince años ni la dirección de mi domicilio ni mi número de teléfono, y yo mismo no sé ni quiero saber nada de ellas, si están vivas o están muertas, qué más me da. Hasta mi propio nombre, Alberto, ha sido destrozado y sustituido por otro, Batania, que he creado e interiorizado de tal manera que hoy en día, lo mismo cuando sueño dormido o despierto, nunca me dirijo a mí como Alberto sino como vamos, Batania, adelante, Batania, no tengas miedo, Batania.

A veces siento que mis comportamientos de estos años son monstruosos y tengo algún amago de sentirme culpable, pero me basta para superar la tristeza con entrar en mi habitación, apagar la luz y volver a sentarme en el suelo, como hago desde hace siete años, para pasarme tres o cuatro horas a oscuras totalmente absorto en mí mismo, escuchando con pasión mi forma de respirar.

Es la respiración de un loco que cambió el pasado por el futuro.

Es la respiración de un hombre que aún no se ha resuelto.

Es la respiración de alguien que no se pertenece.

Es la respiración de un hombre aplastado por el recuerdo de un muerto.

No hago responsable a nadie. Soy yo el que ha elegido con precisión y frialdad mi manera de destruirme. Ni siquiera soy consciente de ser feliz o ser desgraciado y me da igual: ¿qué me importa ya la felicidad a estas alturas de muerte? Lo único importante es que mi padre ha desaparecido y todo lo que soy, el hombre susto en que me he convertido, se lo adeudo a él. Debo hacerle un homenaje.

Debo cumplir la misión.