SI YA es triste y a la vez divertido que todavía haya poetas que piensen que las palabras pueden doblar el mango de las sartenes o partir los troncos de las secuoyas, eso no es lo más triste y divertido de mí. Lo de verdad desternillante en mí es que, por más que mis músculos se ablanden, mis rodillas flaqueen, mis muelas crujan, mi vista languidezca o mi estómago parpadee, sigo conservando todos los sueños de los quince años, con el mismo fuego primero, y planeo nuevos sueños y montañas de confeti para el futuro. Parece que mi cerebro no quiere darse por enterado de mi decadencia continua, minuciosa, o, si se da por enterado, solo es para escribir líneas como estas, migajas de falsa sinceridad para volver enseguida a usar toda su lucidez en prolongar mi locura. Mi vida es insostenible, yo mismo soy un ser insostenible que ha hecho pasión de cerrarse las puertas: en lo social soy una persona concluida, incapaz ya de relacionarme; en lo amoroso no me he recuperado de Iratxe y huyo de las mujeres; en lo político he encallado en un antipatriotismo obsesivo; y en lo físico no soy ni la sombra de aquel muchacho veloz que era apodado “el africano” o “el keniata” en los frontones de Vizcaya. Es difícil estar más acabado que yo, y sin embargo, he aquí lo divertido, mi mente es una engañadora tan genial que me lanza todos los días al ataque. Da igual que no disponga de victorias en las que apoyarme: nunca he necesitado de ellas para sentirme un triunfador. Por más que avance mi soledad y decaiga mi cuerpo, mi cerebro sigue prometiéndome una juventud sin fin.
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Decálogo de resistencia para la poeta sola
1. Si quieres lanzar las palabras más lejos tendrás que muscularte todos los días.
2. Nunca pienses que tu cerebro averiado es inferior a un cerebro de fábrica que todavía conserva el papel de regalo.
3. Cuida tu megalomanía, es ella la que te mantiene lejos de los sueños fáciles de conseguir.
4. No trates de domar a tu soledad, no se puede.
5. Recuerda que las ruedas pinchadas también giran. Que los juguetes rotos también sirven para jugar.
6. No trates de destruirte, la vida es un búfalo demasiado grande como para que una cobarde como tú pueda matarlo con un palillo.
7. No dejes que tu ego y tu antiego duerman juntos en la misma cama.
8. Escribe como si estuvieras ya dentro del ataúd.
9. No llores. No te quejes. No inventes cicatrices.
10. Nunca mires a las estrellas, que las estrellas te miren a ti.
Del kalimotxo y otras soledades
ME HABRÁN hecho doce o quince revisiones médicas en mi vida, pero la que me hicieron este viernes fue la primera donde la revisora me preguntó por mis relaciones personales:
–¿Cómo? –pregunté.
–Me refiero a sus amigos, a sus familiares, a su pareja, si es que tiene.
Dudé un segundo en contestar, porque sé por experiencia, cuando respondo a esta pregunta en concreto, que suele hacerse un silencio de varios segundos en los que mi interlocutor me mira como si descubriera de pronto que también hay camellos en Noruega. Pero como se trataba de una revisión médica le dije la verdad: que no tengo amigos ni quiero tenerlos, que no he quedado con una chica desde hace cuatro años, ni siquiera para tomar un café, y que a mi familia la abandoné enterita, madre incluida, hace quince años, cuando me fui de Vizcaya, y ni siquiera conozco si están vivos o muertos, lo que además me da igual. Para suavizar un poco mi respuesta añadí:
–Pero vivo con tres gatos: uno blanco, otro negro y otro naranja.
Ella se quedó un poco planchada, con la cara de quien descubre el camello noruego del que ya he hablado arriba, y ya empezaban a ser demasiados los segundos de silencio cuando también se le ocurrió decir algo suavizador:
–Ah…, qué bien…, los gatos…, los gatos abrigan mucho.
Luego me preguntó por la bebida. Le contesté que bebo un litro de kalimotxo al día. Eso no le pareció bien:
–¿Un litro al día? ¿Todos los días?
–Sí, un vaso maxi antes de meterme a la cama y otro al levantarme.
–¡Es una barbaridad!
La revisión a partir de aquí discurrió por cauces normales, aunque no dejé de notar que ella, a raíz de conocer mi soledad irrestricta, me miraba con cara de “menudo personaje que tengo enfrente” y parecía que deseaba terminar la revisión cuanto antes. Pero me equivoqué: justo cuando habíamos terminado se dirigió a mí con un tono raro, cruce de enfermera y sargenta:
–Mira, a mí me importa un bledo lo que hagas con tu salud, no estoy aquí para dar consejos, pero noto que eres una persona independiente y el problema es que esa independencia no la vas a poder mantener en tu vejez si sigues bebiendo un litro de kalimotxo cada día. Tú eliges: si quieres vivir independiente, necesitas dejar el kalimotxo. Si continúas bebiendo, en la vejez vas a necesitar a alguien para que te ayude.
Salí de la consulta destruido. ¡Hay que ver, uno va a una revisión médica tan tranquilo y se vuelve llevando en las manos una maldición para el futuro! Camino de casa, iba pensando en el poeta Leopoldo Lugones, cuyo vaso de cianuro le causó un suicidio tan rápido que no consiguió devolver el vaso a la mesa después de haberlo bebido: sí, pensé, quizá el cianuro puede ser una buena salida dentro de veinte o veinticinco años. Porque la primera posibilidad, la de ponerme “de pronto” a soportar a la gente que me rodea, me es imposible: hace tiempo que me he dado cuenta de que el ser humano, que es algo bastante digno cuando está a solas, se convierte en un primate ridículo cuando se reúne con sus semejantes. Decía Aristóteles que los que viven en completa soledad solo pueden ser dioses o monstruos: cualquiera de las dos opciones me parece estupenda. En cuanto a la segunda posibilidad, la de dejar de beber un litro de kalimotxo al día, que en mi opinión no es para tanto drama como me montó la médica, tampoco tengo ningún margen: esa bebida me permite estar un poco atento, con chispa, es una bebida que me aporta ese plus para alimentar a mis tres egos (egosexo, egosoledad y egoliteratura), y además siempre he estado de acuerdo con lo que dejó escrito Horacio: “No quedarán los versos de los bebedores de agua”.
SIEMPRE QUE he tenido salud, la primera consecuencia es que elijo estar sola; pero si enfermo también me abandono a la soledad.
Cuando voy ganando me premio con la soledad y cuando voy perdiendo me castigo con la soledad. Cuando amo estoy sola y cuando odio estoy sola. A nadie tengo al lado cuando soy feliz y a nadie cuando no lo soy.
Ella es la innegociable, la irreversible, la que no me abandona. La que nunca se irá con otros. La que nunca me va a fallar.
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