LO MÁS ingenuo que han dicho y repetido los sabios antiguos es que las malas acciones son condenadas por el juez supremo de nuestra conciencia, de forma que a una le es imposible vivir, después de cometer una injusticia, sin escuchar martilleante la voz acusatoria de su interior. Pero este pensamiento padece del inconveniente de que nuestra conciencia no es un fiscal ni tampoco un juez: es un abogado defensor. Y como abogado defensor a menudo nos absuelve y nos reintegra hasta las costas del juicio. ¿Cuántas personas habéis conocido tan objetivas consigo mismas que se confiesen mediocres, envidiosas o mala gente? Pues eso.