Todo es prejuicio: es el diablo el que te hace creer que tienes ideas


JUSTO ANOCHE sorprendí a otra idea mía en el mismo momento en que trataba de convertirse en convicción: 

—¿Adónde vas?
—Yo…, yo…
—¿Por qué en los últimos tiempos no te veo en el cerebro junto a tus demás compañeras? ¿Por qué te dedicas a hacer grupitos?
—No, no es cierto…
—¿Cómo que no es cierto? Ya solo haces amistades con ideas de tu cuerda, ya solo hablas con las más parecidas a ti, y se te ve murmurar por las esquinas señalando a otras y criticándolas ¿me lo niegas?
—Yo, yo…
—¡Ni yo ni nada! ¿Qué es lo que quieres? ¿Acabar en las drogas, convertida en una convicción? ¿Acabar en la cárcel, convertida en un prejuicio? Mira que así acaban todas las ideas cuando empiezan a creérselo. ¡Anda para el centro del cerebro, a hablar con todas! ¡Y estás castigada a leer a Montaigne todos los días durante las tres próximas semanas!


He visto flarios...


HE VISTO flarios, he visto gramias, he visto atruces, he visto gorriones averiados que llevaban una tirita en su quinta ala, caballos que corrían en el locodromo con una pata de repuesto en la boca, baobabs que estiraban los brazos dentro de una botella de ginebra, mi cerebro ama la curva y la máscara, mi cerebro cumple todos los días quince años y es una gacela, mi cerebro es un galgo que odia a su profesor y a su policía, odio a mi erudita, odio a mi moralista, odio a mi monja que siempre busca víctimas con una linterna, odio a mi robot buzo que mastica atlas y diccionarios, odio a los aguacates en serie, a los modelos de la belleza repetida, a las penúltimas moscas ahora gimnastas que vuelan con dorsal a la espalda, solo busco amapiedras, solo busco alogrifos, solo lugares hartos de ser lugares a los que Google Maps no haya llegado, solo animales susto que sean indetectables por los radares de Wikipedia pero es en vano, qué ganas de gritar tengo, ganas de gritar balabrof, ganas de gritar cadabul, ganas de gritar basta, basta de lobos de cartón aullando a lunas prematuras y cansadas, basta de números bien peinados cruzando la manoseada autopista de los mercaderes, solo quiero que respetéis la grandeza tierna de la noche mientras me dejáis estornudar despacio, solo quiero que calléis todos por un momento y que ninguna ventana se abra, no quiero guerras ni luces mientras me como esta naranja, callaos todos y respetad por favor a esta naranja mía, sin armadura y sin decibelios, esta naranja.


EL HIJO DE PUSKAS, cap. 5: El niño que cogía las abejas con la mano


LOS COMPORTAMIENTOS de mi padre y aquellos aldeanos geniales no respetaban las reglas de la verosimilitud y tampoco lo hacía yo, qué le voy a hacer. De esta anormalidad me pude dar cuenta por primera vez a los seis años, cuando comencé a estudiar en el colegio Amor Misericordioso de Larrondo.

–Oye, chaval, ¿tú eres el de las abejas?
–Sí.
–¿Por qué no coges una?
–Vale.

Mi primer año en la escuela transcurrió con normalidad durante los seis primeros meses, con las habituales timideces y lloriqueos de los estrenos, pero al llegar la primavera fui trastornado por una noticia que comenzó a circular de aula en aula, una noticia sensacional: existía un niño en primero de EGB que cogía las abejas con la mano. El niño era yo.

–Te lo juro, Susana, las coge con la mano.
–Cállate.
–Ya verás. En el recreo le digo que coja una. Flipante.

La novedad se extendió con rapidez y dio lugar a muchas especulaciones. Unos decían que las abejas no me picaban porque yo tenía olor a vaca; otros me acusaban de tramposo; otros pensaban que estaba loco; otros sostenían que lo mío sólo era una racha de suerte. El episodio llegó a oídos del profe Goyo, que daba clases en octavo de EGB y era experto en química. Goyo nos solía hacer demostraciones de magia o se llenaba la lengua con la ceniza del cigarro en cada reunión anual del Día de la Familia. Aquel profesor me vio varias veces, examinó mi procedimiento y sentenció:

–No es magia, es valor y técnica. Las abejas no le van a picar nunca, no pueden.

Mi procedimiento consistía en aprovechar el medio segundo que transcurre desde que la abeja se posa en la flor y comienza a extraerle el jugo. En ese instante crítico, actuando lo más rápido posible con mis dedos índice y pulgar, asía a la abeja por las costillas, de forma que mis dedos quedaban a salvo tanto de su boca como de su aguijón. Comoquiera que además apretaba un poco, la abeja se quedaba sin aire y se sumergía en una suerte de anestesia. Cuando, al de quince o veinte segundos, después de enseñar mano en alto la abeja a la concurrencia, la volvía a soltar, el pobre insecto tampoco tenía la ocasión de vengarse, porque caía al suelo desmayado y no se despertaba hasta medio minuto más tarde. El único problema de esta técnica de cazar abejas con la mano es que a veces apretaba demasiado con los dos dedos y mataba a la abeja, pero cuando ocurría eso tampoco sentía muchos remordimientos porque, como decía mi tío a propósito de los rusos, hay abejas a punta pala y, una más o menos en el mundo, allá cuidados.

Esta técnica la empleaba también con las de mi caserío, pero los aldeanos de Lauros nunca se mostraron impresionados por mis capturas, sino que me ignoraban o se limitaban a decirme que dejara en paz a las pobres abejas. En el colegio, sin embargo, descubrí que los demás lo consideraban una hazaña. Todos los alumnos, que procedían de zonas no rurales como Sondika y Derio, alucinaban conmigo y me convirtieron en una sola semana en el chico más popular de primero de EGB, el único por el que se mostraban interesados los mayores. Los alumnos de sexto, séptimo y octavo nos trataban con mucho asco a los más pequeños, pero conmigo hacían una excepción.

–Sonia, ven. Quiero que veas lo que sabe hacer este canijo.

Mi éxito popular fue enorme y, como sucede en estos casos, dio lugar al nacimiento de los envidiosos y los imitadores. Hubo quien intentó aprender mi técnica, pero como lo intentaba con precipitación y sólo por impresionar a las chicas, fracasaba fácilmente y era picado por las abejas. Fue entonces cuando la travesura se salió de su cauce. Las monjas del colegio entendieron que el culpable de aquellas picaduras era yo y me llamaron al despacho; aquella fue la primera vez.

–Alberto –me dijo la hermana Sagrario–, que sea la última vez que te veo cogiendo abejas. Por tu culpa han picado a tres chicos.
–¿Qué culpa tengo yo? –repuse.
–¡Claro que es culpa tuya! –replicó–. ¡A nadie de este colegio se le ha ocurrido nunca coger abejas con la mano hasta que tú has llegado! Te recuerdo que las abejas son criaturas del Señor, iguales que tú: ¿te gustaría que te hicieran a ti lo que tú haces con ellas?

El problema se complicó en las tutorías de esa evaluación, la tercera, pues la profesora Edurne se lo contó a mi madre y mi madre me dio tres bofetones que, si los hubiera recibido ahora, con treinta y seis años, ni los habría sentido, pero hay que ver el daño que hacen cuando eres pequeño. En las fiestas de San Miguel la famosa caza de abejas también fue la comidilla obligatoria:

–Piedad –preguntó la tía Maritere–, ¿qué tal Alberto? ¿No ha comenzado en Larrondo este año?
–Calla, calla, Maritere –respondió mi madre–. Si te cuento, te echas a reír.
–¿Qué ha pasado?
–¡Pues no te mata que el tonto se dedica en los recreos a cazar abejas con la mano, como si estuviera viviendo aquí, en el caserío!

La gente rompía a reír y mi madre, crecida, viendo que la historia triunfaba, seguía:

–Según me ha dicho la tutora, el insustancial sale en el recreo a las dos campas que hay en el patio y lleva detrás a una tropa de doce o quince críos de todos los cursos que van mirando cómo coge las abejas. ¡El payaso de feria, vamos! ¡Tonto rematado!

La tempestad del primer año pasó y mi popularidad decayó un poco, porque lo extravagante que se repite acaba neutralizándose, pero cada vez que llegaba la primavera, sobre todo las dos primeras semanas, volvía a ser el centro de las miradas. Todavía continué cazando abejas dos o tres años, pensando que lo hacía de forma clandestina, pero en cuarto de EGB me llamó al despacho la hermana Irene, que no era cualquier monja. Irene era la superiora y me recibió con cara muy solemne.

–Alberto –me dijo–. Ya nos hemos cansado. A partir de ahora, puedes cazar las abejas que quieras. Tú sabrás lo que haces. Sólo deseo hacerte una pregunta para que la pienses esta noche en la almohada: ¿qué quieres ser en la vida, un hombre de provecho o un cazador de abejas?

Aquella pregunta me afectó mucho. Nunca, en la sala de profesores, me había hablado nadie así, dejándome la respuesta a mi entera libertad. Entonces yo no era tan inteligente como para saber que aquella monja había empleado conmigo un truco de gran comunicadora, de modo que aquella noche reflexioné y llegué a la conclusión de que la caza de abejas con la mano era poca cosa, por mucho que impactara tanto a las chicas de séptimo y octavo y me hiciera tan popular. No, me juré, yo no iba a ser cazador manual de abejas: lo que yo iba a ser de mayor era futbolista, ciclista o boxeador.

Ya no cogí más abejas con la mano. Tampoco me convertí en un hombre de provecho. Todavía, con veinte y veinticinco años, había gente que me recordaba aquel episodio en Sondika o en Derio. Hace unos diez años, incluso, gané una cena a un pelotari de Plentzia que no se la creía. Después de diecisiete años sin coger abejas, tuve que hacerle una demostración en la que pasé un miedo terrible, porque ya no era aquel niño que las cogía con naturalidad. Aquel niño nunca fallaba porque nunca se le pasó por la cabeza la posibilidad del error.

Luego, muchos años más tarde, al recordar esta historia, he pensado que es mucho más importante para mí de lo que parece a primera vista. Quizá me marcó. Fueron las abejas las que me convirtieron en el más popular de mi clase, las que fundaron en mí la necesidad de que los demás me miraran. También fui popular en el instituto, ya sin abejas, y luego en la universidad, y luego en los frontones. No sé. Como si de las abejas de los seis años a mis poemas o pintadas de los cuarenta no hubiera ni un solo centímetro, sino la misma búsqueda de los ojos grandes de las chicas de séptimo y octavo de EGB, aquellas chicas que ya tenían tetas y todo, que me seguían y me miraban a mí. A mí, joder, a mí. El niño que cogía las abejas con la mano.



Vicovictory


NACIÓ CULEBRA pero maullaba; creció gataza pero con alas de lechuza; como no coincidía con las mujeres standard los viejos druidas se reunieron, agitaron su marmita, salió el oráculo, “pobre del que se fije en la belleza de la pantera y no en sus garras”. Así vivió oscura y sin saberse hasta que rompió su última capa de vulnerable: aprendió a boxear y miró al cielo; buscaba por todas partes el flequillo de las nubes, la melena de las tormentas: quería poner el punto exacto sobre la jota maravillosa. Un día se sintió preparada: entonces licenció a su colibrí y salió de la cueva poderosa, dueña de todas sus flechas, cada una de ellas untada de Victoria.


El vuelo del pequepájaro sobre la jirafaronte


CREO QUE mide 1`80. No conozco su altura exacta, nunca se lo he preguntado, pero la mujer que amo es larga como una línea de Renfe o como una trenza de cebollas amarillas. Ella me jura que ya ha dejado de crecer, pero no me fío del todo. Me acerco a su cuerpo con la piel como navaja, queriendo besarla entera y en todos sus azules, pero pronto me voy aburriendo y al de una hora me siento cartón piedra, carne de lunes, derrotado. Quiero besarla al completo pero solo alcanzo a besarla a trozos.

Al principio quise ocuparla sin mayor cuidado, empezando por cualquier parte, como si aquello fuera un centímetro o una losa menchevique, pero fue a la segunda semana, después de pasarme cinco horas besando su brazo izquierdo y darme cuenta de que aún no había pasado de la muñeca, cuando comprendí que mi novia no es una novia normal. Qué va a ser normal: mi novia es el transiberiano.

No por ello me rendí sino al contrario: comencé a trazarle mapas a bolígrafo, acordoné zonas de su cuerpo, hice cuadrantes, contraté perros y hasta helicópteros, no escatimé en medios, nada me parecía bastante. Hasta me acostumbré a clavar, cada vez que terminaba mi jornada de besos, un letrero en su piel donde decía “Precaución: zona de Natalia YA besada”. Gracias a estos detalles y a los turnos intensivos de quince horas diarias, logré cubrir de besos el 3% de su cuerpo en tan solo una semana, pero también sufrí la lógica fatiga y hasta algunos desfallecimientos, todos producidos por la magnitud de su territorio. Dos labios dan para mucho, pero solo son dos labios. Y lo peor es que ella lo notaba, se da cuenta:

–¿Qué te pasa?
–Nada.
–¿Es por mi altura, verdad?
–No, claro, qué tontería.

Nunca le he dicho nada por este motivo, y ello por cuatro razones, que son las siguientes: una, dos, tres y cuatro. Además, su largura también tiene sus ventajas: ¿Sabéis lo maravillosos que son los abrazos de las mujeres largas? ¿Los habéis probado? Cuando una mujer así te rodea con sus brazos hasta dar cinco o seis vueltas sobre tu cuerpo, la sensación es indescriptible, uno se siente más abrazado que nunca. También cuenta con otras ventajas:

–Natalia, ¿Me alcanzas la sal?
–¿Qué sal?
–Aquella. La que está seis mesas a la izquierda.

Y la alcanza, no miento, nunca falla. Sus gadcheto-manos son tan portentosas que llegan a todo objeto situado diez metros a la redonda, aunque también conllevan sus problemas, sobre todo en el metro, donde tengo que controlar sus efusividades. El martes pasado, por ejemplo, dio un manotazo sin querer a un viajero que iba en el vagón siguiente, y eso que le tengo dicho que, al menos en los lugares públicos, debe ir con los pies juntos y los brazos cruzados, pero no siempre me hace caso.

Así es mi vida y mi amor con la mujer longilínea. Parece complicado pero poco a poco nos vamos acostumbrando. Tú eres el pequepájaro y yo la jirafaronte, me dice, siempre traviesa y habilidosa acuñando palabrujerías. Alguna vez le he comentado que quiero escribir algo sobre su largura y ella me ha respondido que bueno, que le parece bien, que escriba lo que quiera a condición de que no exagere. Y yo pienso que eso de que no exagere sobra, ¿no? Porque yo soy un escritor realista y minucioso, casi fotográfico: no se me ocurriría nunca contar un detalle que se desviara un solo centímetro de la realidad. Como todo el mundo sabe.


NO BASTA una sábana para tapar su océano; ni valen hierbas ni vacunas ni antimisiles. El amor es un reloj borracho. Un clavel de hierro. Una falsa plomada. Tú piensas que las ballenas son grandes, pero el amor es una ballena más grande. Tú piensas que los leopardos son rápidos, pero el amor es más leopardo. Verás que la niebla cede: el amor es una niebla que sigue avanzando. Verás que el viento amaina: el amor es un viento que sigue arreciando. Verás que el grifo se cierra: el amor es un grifo que sigue manando. Es una aurora de basilisco. Es un nenúfar de petróleo. Es un gusano sin manzana.


El ego tiene más grados que la absenta


HACE UN tiempo, cuando me dio por ligar con algunas chicas de Instagram (ya lo dejé, no me hacen ni caso), me sucedió que una de esas chicas, quizá con la que más hablaba, y que por cierto no era ninguna quasimoda, resultó que era ¡una periodista! que al de poco me pidió una entrevista para una emisora universitaria en la que presentaba un programa. Llevo cuatro años sin dar entrevistas por razones que ya he explicado en largo, pero a esta accedí no sin decirle que yo lo que de verdad quería era conocerla. Pero cuál fue mi sorpresa cuando al de pocos días me dijo:

–Tengo un problema.
–¿Cuál?
–Que tengo dudas sobre el tiempo que darte. Había pensado en darte una hora, pero igual no tienes la suficiente chicha para llenar una hora. En ese caso, sería mejor media hora. ¡O te entrevisto y, según la chicha que tengas, luego recorto y hago el programa de una hora o de media hora!

Esto que me dijo la chica, como os podréis imaginar, no debería molestar a nadie que sea una persona sana, sensata y humilde. Pero ocurre que yo no lo soy: en mi interior vive un amplio y variado nido de víboras. De modo que sentí ese comentario como una agresión. ¿Cómo que yo “igual” no tengo suficiente chicha para llenar una hora de programa? Y aunque no contesté en el momento, porque todos mis ataques de ego no me suceden en el momento sino siempre horas o días más tarde, a la noche siguiente le mandé un mensaje cancelando la entrevista y dándole la primera excusa patética y mentirosa que me encontré. También dejé, a partir de ahí, de hablar con ella por Instagram porque, como ya habréis sospechado, el interés que tengo por las chicas es mucho menor que el que tengo por mí.

Calculo que este fue mi ataque de ego nº 2756. He tenido tantos que de vez en cuando me paso una tarde entera recordando todos y desternillándome, pues pocas cosas me hacen reír más que la clase de personajillo que soy. La chica-periodista no cometió ningún error al tratarme como a un simple grafitero de cubos de basura que además tiene un blog donde cuelga sus odios y rencores, porque eso es lo que soy si lo pienso un poco, pero sucede que a un escritor de mi tipo no hay que tratarle como lo que es, sino como lo que cree que es o sueña que será. La chica me mandó después una serie de mensajes de auxilio en los que advertí que ni siquiera se había dado cuenta de cuál era el motivo de todo, lo que me hizo sentir un poco gilipollas, pero solo durante poco tiempo, porque enseguida volví a mi choza para brindar por mí con una lata de cerveza: ¡Viva yo y olvido perenne para todos los que se atreven a despeinar mi ego!


Las fresas


Siempre le pedía fresas a mi madre
y mi madre me gritaba
las fresas en mayo las fresas
en mayo.

Y cuando mayo llegaba
yo era un bosque de fresas
y en las piernas fresas
y en las muñecas
y en el puente de la risa.

Pero desde que la ingeniería genética
ha demostrado
que las fresas antiguas se equivocaban,
tengo fresas de enero a diciembre,
el lunes y el martes,
el miércoles y el remiércoles
y hasta el 107 de abril.

Y ahora todo me es
un cansancio de fresas
y un tres por dos
y un bah
y un dejadme en paz.

Soledad sin fin


SI YA es triste y a la vez divertido que todavía haya poetas que piensen que las palabras pueden doblar el mango de las sartenes o partir los troncos de las secuoyas, eso no es lo más triste y divertido de mí. Lo de verdad desternillante en mí es que, por más que mis músculos se ablanden, mis rodillas flaqueen, mis muelas crujan, mi vista languidezca o mi estómago parpadee, sigo conservando todos los sueños de los quince años, con el mismo fuego primero, y planeo nuevos sueños y montañas de confeti para el futuro. Parece que mi cerebro no quiere darse por enterado de mi decadencia continua, minuciosa, o, si se da por enterado, solo es para escribir líneas como estas, migajas de falsa sinceridad para volver enseguida a usar toda su lucidez en prolongar mi locura. Mi vida es insostenible, yo mismo soy un ser insostenible que ha hecho pasión de cerrarse las puertas: en lo social soy una persona concluida, incapaz ya de relacionarme; en lo amoroso no me he recuperado de Iratxe y huyo de las mujeres; en lo político he encallado en un antipatriotismo obsesivo; y en lo físico no soy ni la sombra de aquel muchacho veloz que era apodado “el africano” o “el keniata” en los frontones de Vizcaya. Es difícil estar más acabado que yo, y sin embargo, he aquí lo divertido, mi mente es una engañadora tan genial que me lanza todos los días al ataque. Da igual que no disponga de victorias en las que apoyarme: nunca he necesitado de ellas para sentirme un triunfador. Por más que avance mi soledad y decaiga mi cuerpo, mi cerebro sigue prometiéndome una juventud sin fin.

Mucho cuidado


Hacerte qué. Hacerte una cerbatana y soplar contigo, encenderte y preguntarte, a que no sabes cuántos pétalos tienen los jilgueros, a que no conoces el árbol del que proceden las amapolas, a que no te atreves a subir conmigo el Jungfrau.

A que no te atreves a escribir MURCIÉLAGO en el escaparate mientras el segurata mira hacia el miércoles, a que no te aprendes conmigo todos los estados de México, a que no te subes al tobogán del leopardo continuo, a que no.

Te diría una palabra sucia. Pero una palabra sucia que se engarza a otra sucia hace una frase limpia: de fuentes sucias nacieron Lady Godiva y los caballos de carreras, de ahí las peonzas y el número nueve, las escarolas y tú.

Hacerte qué. Manosearte, mordisquearte del fémur al cerebelo, lamerte todos los pensamientos tuyos que tienen hache y, sobre todo, chuparte muy despacio la coronilla: ¿sabes lo que me gustan las zonas de tu cuerpo que tú no ves pero yo sí veo, las zonas que no posan ante el espejo y también amo?

Te lo dije: Mucho cuidado con dos personas que se están besando. El mundo se vuelve al revés cuando dos personas se besan: ¡toda Roma empieza a tocar la cítara mientras arde Nerón!


Gracias a Internet


GRACIAS A a Internet he levantado mi propio iglú con los cubos de hielo que extraje del frío adulto que me llegaba de la infancia, y gracias a ella he ido dejando una meada de letras que no querían marcar territorio sino dejar testimonio mitad cobarde mitad valiente de mi soledad a prueba de batallas.

Vine a Madrid a darle patadas a las palabras y a despertar a golpes a la belleza, pero solo gracias a Internet el Circo Vanessa ha podido sacar cada día su espectáculo ventrílocuo donde yo soy la payasa y y el tigre, la red y el trapecista, el salto y la filigrana. Terminada la función, unos me llaman buena, otros mediana y otros farsante, pero gracias a Internet cada vez que abro el portátil mis yemas notan la tensión del que mira desde el otro lado. ¿Y si mejoro el número de ayer? ¿Y si fracaso? ¿Y si convenzo a los que nunca he gustado? ¿Y si me dejan los que ya me querían?

Gracias a Internet soy mi lectora y escritora y editora y maquetadora y distribuidora y publicista, y me siento como esa rara corredora de relevos que a sí misma se fuera entregando su testigo de palabras. Cada vez que he ganado a mí me he dedicado la victoria y cada vez que he perdido no he encontrado a otro culpable de mi fracaso. Gracias a Internet me estoy haciendo escritora a la vista de todos, y aunque a veces me siento como una gorila a cuya jaula los espectadores arrojaran cacahuetes, yo fui la que se metió en esa jaula y la que más de una vez ha besado sus barrotes.

No he enviado un solo mensaje a un escritor famoso ni he buscado sus casas, no he acudido a ateneos, no me he presentado a premios, no acepto figurar en antologías y he rechazado ofertas editoriales por las que estaría en cualquiera de las grandes librerías por las que otros matan. No me he mezclado con vascos, no me he mezclado con españoles, elaboro mi propio veneno y no necesito vuestro antiguo sistema para nada.


Gracias a Internet.

Vivienda / Viviendo


Señores del gobierno infinitivo,
participiamente diputados,
díganme cómo,
dónde comer sin comiendos,
dónde soñar sin soñandos,
de qué manera,
cómo reír sin riendos,
cómo cantar sin cantandos,
cómo el amor, cómo el beso,
cómo el feliz fornicio,
señores del gobierno infinitivo,
participiamente diputados,
escuchen, atiendan el gerundiando:

Si no hay vivienda no hay comiendo.
Si no hay vivienda no hay amando.
Si no hay vivienda no hay riendo.
Si no hay vivienda no hay soñando.

Si no hay vivienda no hay viviendo.


Iratxe (nuevamente)


La que muerde el candado hasta que
..........saltan las puertas de la noche.
La que descubre caimanes en el
..........zumo de naranja.
La de labios Iratxe.
La de besos Iratxe.
La que besa mestiza. La que besa
..........rufiana.
La que besa de cerca, tan cerca que
..........deja a la vista sus costuras, y las
..........grapas de plata que esconde
..........entre.la lengua y el corazón.
La que amenaza (1) ten cuidado
..........podría.cambiarte por el que
..........quisiera.
La que insulta.
La que insulta de nuevo.
La que insulta por tercera vez.
La que se enfada conmigo y hace
..........flanes de lágrimas.
La que se enfada conmigo y machaca
..........perejil en el mortero.
La que machaca el perejil con tal rabia
..........que al final siento pena por el
..........pobre perejil que soy yo.
La que amenaza (2) tú no eres Batania
..........yo soy Batania.yo te he inventado
..........tú qué te crees.
La chica número uno.
La chica número dos.
La nueve y mil. La diecicuatro. La
..........treinta.y quince.
La que siempre me recuerda el daño
.........que podría hacerme
.........sin fijarse demasiado.
La que arroja el vaso contra el suelo y
.........el vaso no se rompe, el suelo no
..........sangra, y triunfa ella y su vestido
..........blanco, y me paso la tarde
..........recogiendo mis añicos.
La que amenaza (3) desgraciado la
.........poesía te va a destruir y no
.........pienso cuidarte en el manicomio.
La que tiene una carita que es un tigre
.........de viento.
La que tiene una carita que es un
.........barco de viento.
La que tiene una carita que es un
.........jilguero.
De viento.
La guapísima. La bellísima.
La tu madre de dios hijaputa qué
.........ojos.
La que tiene unos ojos que los miras
.........y salen ciervos azules
.........copulando.
La que amenaza (4) que no me entere
.........que ninguna te llama Alberto.
La que me rompe de púas.
La que me púa de erizos.
La que me saca el ombligo de
.........quicio.
La desquiciante.
La que solo deja de burlarse cuando
.........me luce el frío, y vivo en miedo,
.........y las hienas me cierran las
.........salidas.
La que aparta entonces sus cincuenta
.........kilos de belleza y suelta tales
.........pedacitos de Satán por la boca
.........que me borra el frío, me mata el
.........miedo y hace huir tanto a las
.........hienas, que siguen huyendo
.........todavía.
La que amenaza (5) ten cuidado he
.........visto demasiadas pollas en mi
.........vida para ser una mujer honrada.
La que adora a los hombres.
La que adora a los hombres como a los
.........perros, solo si se dejan tocar.
La putísima. La zorrísima. La torcida
.........de ojos.
La que no desprecia al macho con
.........gorriones en el pecho.
La que se mira al espejo y el espejo le
.........dice tú.
La que se pregunta y la respuesta le
.........dice tú.
La que se compara y la respuesta le
.........dice nadie.
La oceánica Iratxe. La volcánica
.........Iratxe.
La Tracia y Peloponeso. La Persépolis.
.........La ajedrezada.
La melenosa. La cien escaleras. La
.........escorpiona.
La perfecta.

La que está conmigo y no
.........con vosotros.



EL HIJO DE PUSKAS, cap. 4: Imposible subir a la luna en creciente


HIGINIO ERA un aldeano feo y sesentón que vivía en el caserío Echebarri, un hombre silvestre con barba de cinco días, camiseta de tirantes y un ejemplar amarillo de El Correo Español en las manos. Siempre vestía de color sucio. Cuando cogió confianza conmigo ya no le importaba echarse un pedo detrás de otro:

–¡Ñoc! –decía–, ahí van las alubias, Basterrechea. Tolosanas, creo. Respira rápido, que el olor se acaba antes.

No tenía coche ni carnet de conducir. Nunca salió de Lauros, salvo cuando fue a Ceuta a cumplir el servicio militar. La mili fue lo único que le pasó en la vida:

–Cuando hice la mili –me contaba–, una cerveza valía dos o tres pesetas. ¿Cuánto cuesta una cerveza ahora? ¿Igual ocho o nueve pesetas, no?
–También cinco duros –le decía yo.

Era lector fervoroso de los titulares de periódicos atrasados, periódicos que le traían a menudo los cazadores: guardaba ejemplares del Deia, del Egin, de El Correo Español y hasta algún Gaurko Express, un diario que duró muy poco.

–Esta Margaret Thatcher –me solía decir mientras se acariciaba la barbilla–, ¿será cierto que es mujer? 
–Claro, Higinio.
–¿Estás seguro?
–Seguro, joder.
–No sé, no sé… ¡Porque tiene unos cojones! ¡Mecagüen sos!

Nunca se le conoció ninguna novia. Con los años se puso tristón, seguramente por estar solo. Con la religión mantenía una relación extraña: aunque era creyente en dios, consideraba que Jesucristo era tan solo un hombre y no de los mejores. Pensaba también que las personas que se ordenaban como sacerdotes lo hacían con el objetivo de ligar más con las mujeres y, en ese sentido, me solía hablar de "los miles de huesos" que se habían hallado en el seminario de Derio, procedentes según él de los abortos de mujeres que se habían quedado embarazadas por curas.

–Los curas –me decía– siempre están pensando en meter pito.

Los asuntos teológicos le apasionaban tanto que comenzó a recibir a los testigos de Jehová, que venían desde Bilbao. Cuando pasaban los testigos de Jehová por Lauros, solo Higinio salía a recibirles. La charla entre ellos fue bien durante tres o cuatro meses, hasta que un día sucedió lo inevitable.

–¡Jesucristo era un hijoputa! –empezó a vociferar Higinio–. ¡Judas sí que era un gran hombre!

Los testigos de Jehová echaron a correr camino de Palatarte y no dejaron de correr ya, porque no hubo más noticia de ellos. Para nosotros fue un alivio, pero Higinio se puso más triste que nunca:

–¿Por qué ya no vienen los testigos de Jehová?
–Joder, Higinio, con la que montaste hace un año, cómo van a volver.
–Bah, por unas palabras... La gente de Bilbao es que no tiene aguante.

Cuando llegaron los años setenta y ochenta, la mayoría de los aldeanos de Lauros se vio superada por la modernidad y la falta de instrucción, e Higinio fue el más perjudicado. Invitado a una boda tras años sin salir de Lauros, y pidiéndole que subiera en ascensor al lugar del convite, sucedió que se quedó más de media hora en el rellano de abajo, mirando fijamente al ascensor. En todo ese tiempo no se le ocurrió que debía pulsar los botones para abrir las puertas.

–Bego solo me dijo que cogiera el ascensor –se justificaba después–. No me habló nada de botones.

En otros asuntos era aún más divertido. En el momento en que mi padre comenzó a propagar con éxito que la llegada del hombre a la luna era propaganda de los americanos, Higinio comenzó a darle cobertura científica:

–Basterrechea, ahí le doy la razón a tu padre. Que el hombre no subió a la luna te lo demuestro matemáticamente.
–Claro que subió, Higinio.
–Falso. Recuerdo como si fuera hoy que aquel día la luna estaba en creciente… ¿Cómo van a subir en creciente? ¡Imposible matemáticamente!
–¿Por qué es imposible si está en creciente?
–Mira qué pregunta. ¡Porque los astronautas se resbalan! ¡Eso es matemático!

Higinio aún vivía cuando yo me vine a Madrid. Nunca logré convencerle de que las diferentes fases de la luna dependen de su posición con respecto al sol y a la Tierra. Tampoco logré convencerle del fenómeno del doblaje. Lo del doblaje surgió el día en que la ETB1 comenzó a emitir en euskera capítulos de Roseanne, serie que a su vez estaba emitiendo TVE2 en castellano. Fue cuando Higinio me dijo:

–Los actores de Dallas, Falcon Crest o La ley de Los Ángeles no valen ni para tomar por culo comparados con los de Roseanne. Ahí los tienes: los de Roseanne saben perfectamente tanto el euskera como el castellano.
–Que no, Higinio. No creo que los de Roseanne sepan castellano, mucho menos euskera. Lo que te garantizo es que saben inglés.
–Ya empiezas, Basterrechea. Como con la luna. Cuánto te gusta joder.

No había manera. Con el tiempo, además, me he dado cuenta de que tenía bastante razón, porque todas sus explicaciones eran sencillas y lógicas, mientras que las mías tan abstrusas e inverosímiles que ríete de las que daban los testigos de Jehová. ¿Cómo creerse que la parte de luna visible se debe a la luz del sol que vemos reflejada sobre ella dependiendo de puntuales posiciones de la tierra, el sol y la propia luna? ¿Cómo creerse que la voz de John Wayne no es la de John Wayne, sino la de, pongamos, un canijo cobarde de Móstoles que, convocado en un estudio, la hace coincidir perfectamente con los movimientos de su boca? ¿Cómo creerse que la voz de Angelina Jolie puede pertenecer a una mujer cien veces más fea y más gorda y más baja y más vieja? Aún recuerdo lo poco satisfecho que le dejaban a Higinio mis explicaciones, y cómo me repetía, a partir de que yo le hiciera las primeras objeciones, la misma cantinela:

–Cómo te han jodido en la escuela, Basterrechea. Cómo te han jodido. Pensaba que eras la esperanza de Lauros, pero te vas a quedar en nada.


Decálogo de resistencia para la poeta sola


1. Si quieres lanzar las palabras más lejos tendrás que muscularte todos los días.

2. Nunca pienses que tu cerebro averiado es inferior a un cerebro de fábrica que todavía conserva el papel de regalo.

3. Cuida tu megalomanía, es ella la que te mantiene lejos de los sueños fáciles de conseguir.

4. No trates de domar a tu soledad, no se puede.

5. Recuerda que las ruedas pinchadas también giran. Que los juguetes rotos también sirven para jugar. 

6. No trates de destruirte, la vida es un búfalo demasiado grande como para que una cobarde como tú pueda matarlo con un palillo.

7. No dejes que tu ego y tu antiego duerman juntos en la misma cama.

8. Escribe como si estuvieras ya dentro del ataúd.

9. No llores. No te quejes. No inventes cicatrices.

10. Nunca mires a las estrellas, que las estrellas te miren a ti.